La lealtad

26.07.2016 00:00

Cuando los acuerdos y compromisos se rompen al antojo, se asoma la traición. En un traidor salen a relucir los caprichos personales, muy por encima de la opinión que tengan los demás, de lo que se va a realizar. Se hace lo que se quiere y la única convicción que cuenta es la propia.

 

Al que traiciona, no le importa lo que pase con los que ha traicionado.

 

En su vida, lo que cuenta es alcanzar los objetivos y preservar las condiciones que ha establecido. Su honorabilidad no le importa porque ni la conoce.

 

Hay una gran diferencia entre el que es desleal y el que es traidor. El primero comete un error y lo puede reconocer, pues las circunstancias, los impulsos, las urgencias lo hacen caer en error de esta naturaleza. En cambio, el traidor, bien que sabe lo que está haciendo, suele planear su traición, a cambio de dinero o de cualquier otro beneficio, precisamente como el que realizan los dobles espías. O los que incursionan en una empresa, aprenden todo, incluso los secretos y, años después, abren la competencia.

 

Los desleales o infieles suelen recibir el perdón de sus víctimas. Pero los traidores sólo merecen el paredón. Es decir, no hay misericordia ni perdón para esta calaña de hipócritas y mentirosos.

 

Un soldado traidor era fusilado de inmediato. Un político que traiciona a su patria merece el destierro. Alguien que cambia su amistad por un puñado de monedas acaba por ahorcarse, al darse cuenta de la infamia que ha perpetrado.

 

Si hay quien traiciona sus principios, sus valores y costumbres y es capaz de las peores bajezas por ganarse privilegios económicos, políticos y sociales. Incluyendo la protección. La traición a sí mismo también es un autoengaño vil y humillante, pero se lo permite porque se convence de que hacerlo tiene más ventajas que mantenerse en la pureza de la lealtad.

 

Al extinguirse la honorabilidad, la gallardía y el compromiso irrevocable de la palabra, han surgido hordas de traidores que sin principios ni convicciones escalan posiciones político-económicas, con tal de tener más. El ser ya no importa, el poseer lo puede todo.

 

Miles de vanidosos seudo políticos saltan de un partido a otro, de una moral a otra, de una camiseta a otra, y no importa nada más que su codicia, su ambición y la protección a sus intereses. La lealtad la pisotean con singular vulgaridad y cinismo. Al fin y al cabo, en el río revuelto todos se confunden: corruptos, traidores, mezquinos y cobardes caminan juntos y se aplauden con particular hipocresía.

 

Los traidores no sólo merecen la expulsión y el destierro, sino el paredón de la deshonra y la burla de la sociedad.

 

fuente: Guillermo Dellamary

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